Como ya conté en otra ocasión, estoy organizando un viaje sin retorno programado. Vamos a ver qué aventuras pone este mundo en el camino. Y como se imaginarán viajo muy ligera de equipaje (o eso quisiera!). Mi mochila de 80 litros (que es de por si una exageración siendo mujer) va bien llena… Sé que hay que reducir y lo hago, pero hay algunas cosas que no pueden faltar en mi equipaje.

Entre las cosas más locas que no pienso resignar y que harán doler mis hombros (¡pero con gusto!) se encuentran 2 o 3 libros. Personalmente amo los libros y si bien he cargado con 4 GB de libros digitales mi PC, nada cambia el placer de cortarse con las hojas amarillentas (aparte de que la batería de mi portable no dura mucho). Así que por lo menos dos libros de interesante lectura (eso sí, no uno de mis favoritos o de esos que me costó un sudor loco conseguir por raros) van a ocupar un espacio en mi mochila.
Otra cosa que no pienso resignar es mi caja de pinturas. Sí, estoy loca y con honra. Pero uno nunca sabe y si bien estoy a años luz de considerarme una artista, puede que dentro de mi surja esta inexplicable necesidad de pintar…

Como buena adicta a la computadora (que es de hecho lo único que necesito para viajar), cargo conmigo una notebook portable, nada del otro mundo. Le he llenado con música y todas mis herramientas de diseño, fotografía y escritura. Así todo cargaré con placer unos 40 cds y dvds… Más música y algunas películas que podría ver en cualquier lado. Eso sí, ¡me dejé algunos espacios vacíos por si me cruzo con música interesante!
Hay una última cosa que no va a faltar en mi mochila: mis recetas. Si hay algo que me fascina es cocinar y siendo que me quedaré en casa de gente, qué mejor forma de agradecerles su hospitalidad que cocinando para ellos. Un lindo cuaderno con las recetas seleccionadas me seguirá a todas partes. Obviamente ¡tiene que quedar espacio para todas esas recetas que aprenda en el camino!
