Muchas veces hablamos de la experiencia de un choque cultural, ya sea cuando nos enfrentamos al ecléctico (por no decir completamente caótico) ritmo de las calles de Bangkok, o cuando miramos con desconfianza nuestro almuerzo en algún pequeño restaurante de la India. Pero los que somos Expats (expatriados, aunque prefiero evitar el uso de este término, es el más acertado) el choque cultural se extiende a límites como ordenar arroz con pollo y encontrarse con calamaras, o quizás, en un fútil esfuerzo por hablar la lengua, terminar pidiéndole al taxista que nos lleve al “infierno”.

Todos sabemos o hemos experimentado ese choque cultural, incluso podéis haberlo experimentado viajando en vuestro mismo país o en el vecino. Viajar es sumergirse de lleno en todo aquello es nos resulta desconocido, aunque nos parezca similar (a fin de cuentas, todos los seres humanos en el mundo tiene una cabeza y dos manos ¿no?).

Leyendo un artículo de otra viajera en internet (¡y hay tantos!) me pareció leer mis pensamientos, mis confusiones, en palabras escritas en inglés. No importa cuantas veces nos digan las cosas, sólo nos pegan en algún momento en particular… Y voilà!

La autora de este artículo no sólo se pregunta dónde es “home” (como hace unas semanas me preguntaba yo misma) sino que explica claramente algo que hasta ahora quizá no me había dado cuenta: estando aquí en Laos, en donde vivo hace 4 meses y seguiré varios más, tiendo a pensar mucho en Irlanda o Argentina, donde viví en el pasado, donde construí una red de amistades y donde más allá de lo bello o loco del lugar, siento que he dejado parte de mi misma.

¿Volver a Irlanda? ¿Volver a la Argentina?

La misma pregunta me choca: ¿volver? No puedo fingir que la sensación de un retorno no me hace sentir que me muevo hacia adelante. Pero, ¿por qué tantas ganas de volver por momentos? La vida aquí es agradable, poco trabajo, pero suficiente, tiempo de libre de buena calidad, amigos y actividades para elegir, la posibilidad de viajar por lugares exóticos sin tener que cruzar el mundo.

Nunca es fácil adaptarse a un lugar nuevo, y cuando hablamos de Asia existen ciertos obstáculos adicionales para los occidentales, ¡especialmente los que viajamos con poco dinero!

Y en esa confusión de sentirse “home sick” empezamos a idealizar aquellos lugares que consideramos "home”, aquellos lugares a los que de repente queremos volver. En 10 días yo debería estar volando a Londres, unas largar 14 horas desde Bangkok, de vuelta a la familiaridad europea. Tener ese billete, ese escape me dio una enorme seguridad los últimos 3 meses y, la verdad sea dicha, me ayudó sobrevivir aquí, a aceptar el desafío y esforzarme en seguir adelante.

Y aquí estoy, en 10 días no volaré a Londres. El billete fue cancelado fácilmente y el dinero de nuevo en mi cuenta (para ser gastado en algo más productivo como viajar a Cambodia, por qué no…).

¿Por qué? ¿Qué pasó en el medio?

Pues es muy simple. Por un lado empecé a mirar con otros ojos la ciudad que día a día se volvía más familiar, empecé a adaptarme al ritmo de una cultura que definitivamente no es la mía, pero a la que aprecio por sus cualidades. Al mismo tiempo me fui dando cuenta (gracias a algunas personas que mantienen cierta objetividad por mi perdida dada la gran aventura emocional que es moverse al otro lado del mundo) de que básicamente estaba idealizando una opción de retorno que sólo hubiera terminado en decepción. 

Me imagino cómo hubiera sido volver en esa desesperación por “salir de aquí”, no sólo volver a esos destinos que siempre se sintieron como “home”, sino volver a una película que en mi mente se había vuelto muy diferente a la realidad. Hablamos de choque cultural, ¿verdad? Pues ese hubiera sido un enorme choque cultural a la inversa, a fin de cuentas es “volver a casa” ¿no?

Hoy aún quiero volver, en estos lugares tengo algunos amigos invaluables y trozos de mi pasado que recuerdo con alegría. Pero si vuelvo no será con una imagen idealizada de a dónde voy, sino con una apreciación real, una consideración de cómo las cosas pueden haber cambiado (a fin de cuentas el tiempo pasa) y, por ende, mi actitud va a ser diferente. Básicamente no voy a “volver” sino que voy a “ir”, sin ilusiones irreales ni muchas expectativas.